Apareció
de improviso en el semáforo de la esquina, como para importunarnos. Surgió un
día cualquiera en medio de la crisis. Su atuendo y aspecto no dejaban lugar a
dudas de sus intenciones y situación. Desde aquel día fue fiel a su cita en la
confluencia de las dos calles. Cada mañana, llegaba andando desde el rincón del
paso elevado donde vivía y se plantaba en el semáforo, para mayor desazón de los ya
desesperados conductores, que de camino al trabajo, se veían obligados a
detener su vehículo ante aquella luz roja, ahora con inquilino.
La
prisa, la individualidad, el hedonismo, alejaban a los que le veían de aquel
abyecto ser, que pedía una limosna desde el extremo de un universo, apenas
separado por una ventanilla.
Su
oriundez, su desaliño, la mirada dura y esquiva, las manos oscuras, el pelo
fosco y ralo, su lenguaje gutural, más propio de animal que de ser humano, lo
situaban en los márgenes de la compasión.
Nadie
le daba lo que pedía, o lo que se interpretaba que pedía, ya que era imposible
entenderle. Nadie le daba nada; ni una limosna, ni una sola caridad, ni una
mirada de aliento, ni una sola palabra de consuelo, ni un mínimo momento de
atención.
Los
conductores, invadidos de prisa, sumergidos en el convulso movimiento de la
ciudad y de la vida, ignoraban a aquel ser detenido en el semáforo. Algo en su
inmovilidad lo hacía especialmente diferente, sospechoso, desemejante del
dinamismo y la premura de los conductores.
Había
algo en su actitud relativo a la velocidad de movimientos que lo diferenciaba,
lo distinguía, era una velocidad indigna de este “primer mundo” y algo más
propia, por lo habitual, de ese que llamamos tercero, hasta en su mirada había
una flema parsimoniosa que contrastaba con la precipitación con que vivía el
entorno.
Su
pobreza no se movía ni un ápice día tras día, su miserable condición permanecía
inalterable, pareja a su tardo proceder. Como si de un designio se tratase
permanecía en él siempre el mismo aspecto, el mismo tempo, el mismo inmundo
lugar en que morar. Era un ser incómodamente invisible, situado en un umbral
del que los exquisitos ojos occidentales no tenían registros. Un ser
inalcanzable, lejano, en las antípodas de la holgada comodidad a la que
incomodaba.
Siguiendo
el mantra de todo habitante de gran ciudad, la gente hacía como que no le veía,
cuidándose de no cruzar, ni por descuido, con él la mirada. Sólo se percibía
que había sido detectada su presencia, por el precipitado cierre automático del
seguro de las puertas o por el intento esquivo de eludir la línea del semáforo,
adelantando o retrasando el vehículo.
Pero
también estaban los abiertamente incomodados, ciudadanos incontenibles en la
expresión de su disgusto por lo que consideraban una especie de ultraje a la
excelencia, en la que pretendían vivir. Si un día aparecía fumando, eso
refutaba su criterio de que la indigencia era simplemente un mal en el que
algunos se habían instalado, si no ¿cómo era posible que pidiera dinero para
gastarlo en cigarrillos?, estaba claro que era simplemente un haragán del que
no se podía esperar un acto de voluntad que lo distinguiera. Como si los
“civilizados ciudadanos” no tuvieran vicios ni perversiones de ninguna clase,
como si el modelo consumista compulsivo sólo alcanzara a los ejecutivos o a los
enamorados.
El
invierno arreció aquel año y una mañana de lluvia y tenue luz, mientras pedía
entre los coches, un motorista lo arrolló más de diez metros en la calzada. Los
civilizados conductores, armados de sus teléfonos móviles hicieron casi cien
llamadas a los equipos de socorro, sin bajarse de sus coches.
Esta
vez sí, todos sin excepción, le miraron yacer inmóvil sobre el invernal
asfalto.