Con la llegada del último convoy del metro la
salida expulsa una bocanada de viajeros. Es invierno y el frío intenso. La
salida del metro es una enorme escotilla semejante a la abertura de acceso de
un gigantesco hormiguero. De él manan ahora un número ingente de personajes que
desde el punto de convergencia que es la boca de metro, divergen en el exterior
dispersándose en todas direcciones.
Con movimientos rápidos, inquietos, se trasladan los
recién nacidos del fondo de la tierra, seres surgidos de las catacumbas de una
ciudad que se agita en una aparente búsqueda insaciable, siempre nerviosa, de
pulso frenético. Una actividad ferviente impregna a cada uno de los individuos que
manan a raudales al frío de un desapacible asfalto ceniciento.
Individuos rígidos, mecanizados, de convulsos
movimientos que tienen algo de maquinal, de involuntario, son movimientos
ajenos a sus propios dueños. Pero hay algo más inquietante en la escena, las
individualidades se difuminan hasta que el conjunto toma la apariencia de un
único individuo, un individuo colectivo.
Los colores, o mejor la ausencia de colores
unifican el conjunto con pinceladas de irrealidad, todos los personajes llevan
trajes oscuros, todos parecen uno y el mismo, la uniformidad es completa y la
escena, decolorada, está como realizada en blanco y negro, un extraño aspecto
de igualdad impregna una imagen más cinematográfica que real.
El frío contribuye a esta visión quimérica que hace
de la realidad fábula y de la fábula realidad. Seres lejanos, grises, seres
autómatas, seres extraños vomita esta mañana la boca del metro, como
liberándose de aquello que no ha podido digerir, el resultado de una mala
digestión.
La mañana avanza y el uniformado aluvión humano se disuelve
ahora, esperando paciente hasta la próxima hora punta, tan similar a esta como
los términos de una igualdad.